miércoles, 14 de enero de 2009

Limite o Provocación

El límite del amor que impone la orilla en nuestra primera inocencia como sujetos de una edad prolongada, va tomando nombres prestados a lo largo del omnipotente curso de la vida. Esta primera identidad poética, por quererse trascendente, corresponde a la juventud, donde nos caracterizan por permanecer en nuestro lado, en nuestra orilla, sin mojarnos, por querer la vida, la visión del otro es otra mirada de frente, la imagen mezclada de nuestro propio reflejo. Y como postura vital se nos promueve acorazar nuestro emplazamiento, repitiendo incansablemente señas de presencia y resistencia.

El disfrute de ese mundo frontal se vive desde plataformas con opuesto dueño, que recuperan su sentido central, más en un retorno fiel a su posición inicial se desgasta en logros de ida y vuelta.

La relación frontal nos permite gozar del límite que se reencuentra; del deseo que coincide en un territorio intermedio; de la ilusión de igualar dos pasiones encalladas en una llama pseudo-gemela.

La juventud poética nos instala en una perenne sintonía dual donde aprendemos a repararnos por los finales, por las aristas casi desgastadas a través de los años, comprobando nuestra figura totalmente alterada, la recomposición de nuestro lugar en el límite nos parece la razón más profunda del existir, desatendiendo a veces la temporalidad del transcurso que nos toca.

Pero entonces, las orillas son en realidad la orilla, el comienzo de una aventura esencial, que en otras edades presentía otros bordes de libertades incoherentes, aquella juventud que nos hacía fuertes y con la paciencia suficiente para esperar en el borde de la orilla a que el amor se lanzara al agua para besarnos, porque nosotros, nosotros teníamos tiempo para todo, un tiempo que ahora nos muerde el estomago y pellizca el sueño amatorio con infamia y alevosía.

Y ahora aunque el placer nos haya invadido la costa, comenzamos a adivinar un anhelo devastador por compartir..., un territorio transcendido a la poesía, al juego de miradas, a las caricias palabreadas en su más pura existencia, comenzamos a sentir el amor como tal, como la poesía que no deja hablar o como la prosa que muda habla sin parar, aquella que se atraviesa en la garganta, con remolinos de mariposas en el estomago, como el agua de la orilla que nos dibuja el limite inamovible de lo impredecible haciéndonos temblar y aun así sentimos la tendencia de traspasarlo, aunque sea solo con nuestros labios, mojándolos con la salubridad que acompaña a la misma vida.

Pero, y que sucede cuando nos encontramos de frente con la cara maldita del limite, ante esa orilla limítrofe, que ¡¡¡si!!! Limitaba nuestro quehacer adulto, nuestras ganas de quererlo todo, la vomitiva reacción del ser humano como tal, las avariciosas falanges que todo lo toman y del mismo modo todo destrozan, son estos los bordes de las otras edades? Esos donde la juventud poética nos instalaba en una perenne sintonía dual?

Y que sucede si todo se rompe, justo cuando nos estamos ahogando en el tiempo?, cuando creemos que no quedan horas para el ungir placentero de una sonrisa en el cuello?

La lastima se apodera de nuestra cara, el dolor supera la fina capa de nuestra esperanza, y odiamos llorar, y nos negamos a ello, para combatir en las guerras de los sentimientos, y algunos incluso logran olvidarse de llorar, olvidándose por ello de vivir, porque solo si vives puedes llorar, al igual que recuperar el sueño, aun estando en medio de los limites, provocando la suerte del olvido….

Por lo tanto, yo… prefiero mantenerme en el centro provocativo a quedarme en el límite de la orilla, mirando solamente de frente mi espejo desdibujado, o el reflejo tardío del amor en olvido.

Si!!! Prefiero la provocación de mi destino y vivir, aunque sea aprendiendo a llorar!!!
Yoyo

1 Presencias:

MARIO ALONSO dijo...

Yo también prefiero vivir, y hace mucho tiempo que aprendí a llorar.

Besos.

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Tu presencia y tu huella.... mi sonrisa, GRACIAS!!!

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